El gélido suspiro del espejo. Unos tienen chubasqueros azules, son carismáticos, roban mujeres y terminan perdiéndose en el desierto. Otros crean imágenes, sonidos o sensaciones. Otros viven una vida rápida hasta morir sin pausa. Otros vengan muertes cercanas en estados enfermizos sin retorno. Otros acumulan. Otros infinito. Y ahí luego está la gran nada, en la que nadamos como pensando que llegaremos a alguna parte, pero es nadar por nadar, ni deporte, ni supervivencia... Objetivos y metas. Demasiado tarde?. Caminando hacia el vacío en busca de respuestas que no existen, se produce un sonido, un gesto, un instante. Escapando del ensordecedor silencio de las voces que no llegan, se producen mcandlessismos incomprensibles. Al filo de la navaja en rocas que se deshacen, entre brumas que ciegan el horizonte conocido, perdido entre pinos que tambalean la seguridad de un mero animal doméstico. Y antes de que lágrimas de gato humedezcan camas sin almhoadas, lejanas luces amarillas renuevan el calor humano, a pesar del duro y largo camino que aún espera a quien retorna de guerras ficticias. Llamadas de plata, perseos voladores tras el sueño eterno. Desertización emocional. Kevin is gone... Plácida's to go... El inexorable golpe de lo finito. Piedras mentales que cortan los frágiles hilos de la seda soñada. El Sherriff de las islas desérticas cabalga sobre la seda final, la sabiduría terminal, el atardecer de una voz. Rodillas de metal afilado que entorpecen la sinrazón de metas inexistentes. cuente 3 y vuelva a la casilla de salida... El sonido que todo lo puede, la sonrisa de piedra. El pedaleo infinito, la llamada del desierto, el bello camino al absurdo. Silencios. Instantes. Al fin, el instante real, el alfiler invisible, la habitación 101... La realidad. El desplome de lo que nunca existió, ladrillos de paja. Desnudez infantil ante el espejo adulto, visiones de realidad, hielo infinito. Impertenencias en estado puro. Cruda realidad en funciones sin ensayos. Arenas, piedras, calor... Nada castiga como lo intangible, lo inalcanzable. El dolor de lo imposible. Decadencia urbana, fluorescencias de azulejo, la hipnosis del caos, metal social. Esquinas de cálidas sombras. El metal se oxida, la madera se pudre, el agua se evapora, la tierra se seca... Distintas nadas para un mismo vacío. Piedras de calor Flotando bajo un mar de recuerdos, la revelación de una verdad ya conocida. El conocimiento de una cercanía no comunicada. La decepción del olvido interesado. La alegría de piedras rotas que ya no pesan. Jardines de plata dispuestos para la poda. Arroyos de libertad errante. La sonrisa ácida. Más, uno más, una más, nada más. Ayer, hoy, mañana, todo va, siempre vuelve. Silencios eternos que fatigan la ilusión de un sentido. Silencios eternos que decepcionan la visión de una hipnosis. Qué queda? Qué se pierde? Y llegará el día y, como siempre, ese día quedará más allá del ayer reciente. Nidos de serpientes que proyectan alargadas sombras inalcanzables y atrapado por la opacidad de sus reflejos, la caída es plomiza, inevitable. De qué sirvió volar, de qué flotar, cuando el inapreciable reflejo metálico de pasados inventados ciegan de nuevo cualquier visión de colores transparentes. La caja de madera se cierra, albergando en su interior el más ocuro de los jardines de piedra. El poder de los olores. Colutorios y papel escrito. Rincones de lectura, caminos polvorientos, descansos de fuego. Piedras, tierra, un lugar. Pero nada ocurre, miedos gélidos a la realidad. Vientos de meseta despiertan de nuevo polvorientos caminos hacia el eterno horizonte. Allá, en ninguna parte, donde muere el sol. Líneas del tiempo. Un fuego. Una noche. El silencio. Volando alto, flotando sobre paisajes de perfección soñada, el error de la suficiencia hace caer los ojos, al vacío, infinito... Súbito vértigo Seres mitológicos de tiempos olvidados. Sandrando rodillas de cristal oscuro. Cerebrolízame. Infinitos remotos. Tócame. El abismo metálico. Piedra sobre piedra. Columnas de tierra seca. La grieta que precede al polvo. Viento final. El tiempo, infinito momento perdido. Martillos de óxido añejo golpean con la fuerza lejana de lo intangible. Astillas huecas. Áspero terciopelo negro que cubre con su manto oscuro las pieles heridas por los filos del vacío imperfecto. Fuerzas violentas que luchan por romper las cadenas portuarias de óxidos prehistóricos, fuerzas huecas de afiladas tangencias, fuerzas débiles, indefensas, que descubren el tronco hueco, carcomido por los insectos de la duda. El dolor de la impertenencia quiebra la coraza de cristal que todo lo distorsiona. Soles oblícuos de luz naranja que iluminan horizontes cercanos. Tierra. Luz