LAS RAMAS ************************************** 1- Calor ************************************** Cuando por fin abrió los ojos, tuvo una extraña sensación, no conseguía situarse, todo le resultaba irreal. Le costó un buen rato comprender que se encontraba entre espigas de trigo. El calor era insoportable, implacable, atravesaba el campo de cereal y llegaba húmedo hasta la tierra. Volvió a cerrar los ojos, dejando que el olor a cereal maduro le recorriese la memoria, fue entonces cuando se dio cuenta del incesante canto de las cigarras. Pero no podía permanecer allí mucho tiempo, y lo sabía. Abrió los ojos, se levantó rápidamente, un dolor agudo le atravesó el cerebro. El dolor de cabeza era más fuerte de lo habitual, o quizás fuese por el calor. - Vaya, parece que esta vez se han pasado un poco con la dosis, - pensó - aunque por lo menos esta vez no me han arrugado el traje. Después de sacudirse un poco el polvo y algunos restos de paja seca, estudió la situación. Trigo, kilómetros de trigo a su alrededor, le llegaba a la altura del pecho, y no conseguía avanzar con facilidad. Intentó localizar algún objeto que le sirviese como referencia, un poste, un árbol, una colina, cualquier cosa, pero ni siquiera había nubes en el cielo. Todo lo que su vista podía distinguir eran los dos enormes bloques de color que eran el trigo y el cielo. Todo era amarillo o azul. Intentó avanzar, pero el trigo ofrecía una fuerte resistencia a su avance. Ya hacía un buen rato que la ropa se le había pegado al cuerpo y comenzaba a sentir el sabor salado del sudor en sus labios. El sonido de las cigarras era continuo, resultaba casi fantasmal, hipnótico, se le había metido tan adentro que ni siquiera lo distinguía. Parecía que esta vez iba a ser más difícil que en otras ocasiones, pero ya hacía mucho tiempo que había perdido la capacidad de angustiarse, de sentir pánico por nada, ni tan siquiera tenía claro el concepto de fin, de no salida, de muerte. Le vinieron a la mente los recuerdos de las primeras veces, cuando realmente pensaba que esa vez no habría salida, que todo se acababa, cuando aún no se sentía el Sr. Smith. Quizás en aquella época no hubiese caminado entre el trigo, quizás entonces no hubiese sabido mirar a la nada y caminar esperando escuchar de nuevo las cigarras. Pero hubiese sabido que estaba vivo, hubiese sabido quién era. ¿Qué había sido de sí mismo? De repente, volvió a escuchar el sonido de las cigarras, estaban fuera, algo había pasado, lo sabía, su mente había salido del paisaje, sus sentidos estaban atentos por algún motivo. ¿Cuánto tiempo había estado caminando? ¿Cuántos metros había recorrido entre recuerdos? Echó una rápida mirada a su alrededor en busca de alguna señal, pero el trigo seguía siendo infinito, y el cielo de un azul plástico. Estaba realmente cansado, al borde de la deshidratación, tenía ganas de tumbarse entre el trigo, tan sólo un momento, pero sabía que eso sería definitivo. Entonces, volvió a ocurrir, ese sonido, casi le resultaba familiar, pero aún no podía reconocerlo. ************************************** 2- Las Ruinas ************************************** Ya casi era de noche, era su momento fetiche, cuando los últimos rayos de sol del verano entraban casi paralelos por los cristales rotos de la recepción abandonada. Esa luz era casi siempre el final de su visita, le dejaba el sabor de un viejo deja-vú infinito. Ser asquerosamente rico le había vaciado de ilusiones, de tal manera que lo único que le llenaba era recorrer todas y cada una de las viejas máquinas de aquella fábrica abandonada de las afueras, acariciando con sus ojos los plomizos grises que lo cubrían todo. Caminaba rodeado de olores oxidados, de restos metálicos de otro tiempo glorioso, en el que allí trabajaban más de mil personas, en turnos de 8 horas, bajo un continuo martilleo que acompañaba durante toda la jornada a todos los trabajadores, un sonido indefinido, en el que el trabajo de todas las máquinas se intuía incansable, proveniente de otro tiempo, infinito. A pesar de que unos años después la fábrica tuviese que cerrar sus puertas y con ellas todas las ilusiones de sus trabajadores, para él aquellas máquinas aún seguían emitiendo ese infinito martilleo metálico, funcionando como el primer día. De hecho, no había primer día, ni último. Quizás era en su estaticidad y abandono extremos donde radicaba su atemporalidad. Era como mil espadas de samurais en continuo choque. Eran recuerdos borrosos de una infancia perdida entre internados y estudios cinematográficos. ************************************** 3- Transiciones ************************************** Tras comprobar por el espejo que no hubiese nadie en el andén, pulsó el botón de cierre de puertas, exactamente igual que otras tantas veces antes durante estos últimos años. Y ya estaba de nuevo en la oscuridad del túnel, en busca de la próxima parada, de la próxima rutina, en busca del mismo instante una y otra vez. ¿Estaría atrapado en el tiempo? Bien sabía que no, a las 8 de la tarde todo el ciclo terminaría y volvería al exterior, donde todo escapaba a su control. Su mente había hecho extrañas relaciones entre oscuridad y pensamiento, siendo únicamente en la oscuridad del túnel donde podía pensar con lucidez, ya que en la claridad de los andenes, debía ejecutar maquinalmente los rutinarios procedimientos de seguridad, eliminando de forma natural cualquier indicio de pensamiento propio. De nuevo en la oscuridad del túnel, recordó los primeros días, en los que todo era nuevo e ilusionante, la romántica parafernalia del puesto de mandos, con sus botones y manivelas, la oscuridad de los túneles, la visión del andén y la sensación de poder ante la sola presión de un botón. También recordó con añoranza aquellos viejos trenes, en los que podías sentir cada metro recorrido en tus manos, incluso en la más absoluta oscuridad podías distinguir cada pequeña imperfección de los raíles, descifrar lo que aquella máquina intentaba contarte a través de sus ruidos y vibraciones. Al finalizar la jornada, llevaba consigo todo el trabajo del día; llevaba el bache del túnel 34B, llevaba todos los cambios de vía, llevaba consigo mil historias diferentes, la de la pareja que había discutido en la oscuridad del vagón 3, donde la luz parpadeaba y creaba una extraña iluminación, cinematográfica, la historia de sí mismo, a bordo de una máquina que conocía muy bien, de cuyos engranajes tenía perfecta consciencia en todo momento, sintiendo en cada giro de sus ruedas el leve rechinar de los metales en sus dientes, sintiendo cómo las zapatas rozaban el metal al pisar el freno. Podría convertirse él mismo en tren y desplazarse por los túneles, sintiendo en sus manos el calor del frío metal. En aquella época, quizás por sus ilusiones, quizás por los viejos trenes, se sentía parte integrante de la maquinaria que movía aquel gusano metálico que recorría las tripas de su ciudad. Ahora todo había cambiado mucho, o quizás no, quizás era la rutina la que le había cambiado a él. Ya no se sentía parte de nada, sólo un simple ocupante privilegiado, que debía apretar un botón y mover una esfera en el momento exacto que la máquina indicaba. El tren y él ya no eran una misma maquinaria. El tren filtraba todo lo que ocurría bajo sus ruedas, en su interior, y tan sólo se comunicaba con él por medio de pantallas digitales con múltiples datos. ¿Habría llegado al futuro ya? ¿Había estado demasiado tiempo inmerso en sus pensamientos de túnel y no había visto cómo había cambiado todo? Si hace años le hubiesen hablado de viajar a 200km/ bajo la tierra, en tubos eléctricos en los que transportar a más de 300 personas, se hubiese frotado la frente y hubiese pensado que el futuro estaba tan lejano... Zona Roja! Tan inmerso estaba en sus pensamientos, que había superado ya la zona recomendada de frenado, lo que hizo que el tren le indicase, mediante un led rojo y un agudo timbre, que debía frenar con más intensidad de la habitual. El tren iba demasiado rápido al entrar en la curva previa a la parada, lo que provocó un brusco latigazo en el último vagón, que estaba seguro habría provocado que algún pasajero se moviese más de lo deseado. Ya casi eran las 8 de la tarde, era su último día de turno y no le convenía pensar demasiado hasta finalizar la jornada, estaba cansado y otro error como éste podría costarle algo más que un aviso de su jefe. Cuando finalmente terminó su jornada, decidió irse a casa a pie, vivía en un pequeño barrio residencial de viviendas unifamiliares a las afueras de la ciudad, le gustaba vivir en esa zona, lejos del bullicio y las aglomeraciones de la gran ciudad, aunque ello supusiese un mayor tiempo de desplazamiento hasta el puesto de trabajo, para lo que cogía el autobús 14. Pero ese día no le importaba tardar más de lo habitual, así que dejó atrás la parada del autobús y comenzó a caminar, quería observar detenidamente cuánto habían cambiado las cosas por encima de la tierra, quizás los coches ya volaban, la gente utilizaba trajes ingnífugos con máscaras de aire y él, al igual que le había pasado con los nuevos trenes, tampoco había sido consciente de tantos cambios. Se tranquilizó un poco al comprobar que todo seguía como lo recordaba, los coches tenían cuatro ruedas y la gente seguía utilizando cinturones. El cielo parecía plomo y el viento olía a metal, iba a haber una buena tormenta de verano. A pesar de todo, se mantuvo firme en su decisión de ir caminando a casa, en el peor de los casos, tendría que lavar el uniforme y poner sus zapatos a secar en la cocina. Realmente, tenía ganas de caminar, incluso bajo una fuerte lluvia. Durante los casi 30 minutos que duraba el camino hasta su casa, siguió dándole vueltas a la idea de que las cosas cambian sin que seamos conscientes de ello, hasta que, pasado un tiempo determinado, te das cuenta de que todo es distinto, y recuerdas un pasado desconocido y añorado, del mismo modo que se dio cuenta de que debía llevar un buen rato lloviendo cuando ya estaba completamente mojado. Al entrar en casa, se quitó la ropa, la dejó en la cesta de la lavadora, subió las escaleras y se dio una buena ducha caliente. Quizás había pasado demasiado tiempo pensando bajo tierra, al fin y al cabo, una buena ducha caliente seguía siendo una buena ducha caliente. Permaneció un buen rato bajo el chorro de agua, dejando que la mente se le quedase completamente en blanco. Al salir de la ducha se sentía realmente bien, se puso un pijama y una bata por encima y, mientras bajaba las escaleras, decidió que era un buen día para encargar que le llevasen una cena a casa. Le gustaba la sensación de abrir las bolsas de cartón y sentir cómo todo el olor de la comida se abría paso entre sus dedos. Cogió la guía telefónica, encendió la tele y buscó el teléfono del restaurante de Héctor, sabía que, con la que estaba cayendo, era mejor pedir la comida a un restaurante cercano o la comida le llegaría fría y pasada por agua. Después de pedir la comida, abrió una cerveza y se sentó a ver las noticias, realmente le relajaba la monótona voz de los locutores, le producía un efecto sedante que, junto a la ducha y la comida a domicilio, provocaban una felicidad contenida que le recordaba las vacaciones de verano de su niñez. Se despertó con el sonido del timbre, pensando por un momento que estaba de nuevo en Zona Roja, pero los destellos del televisor le recordaron que sólo se trataba de la comida a domicilio. Cuando, al abrir la puerta, encontró el rostro serio de una agente de policía, alumbrada por los destellos de las sirenas de las ambulancias y los coches patrulla que se amontonaban frente a la casa de su vecino, no pudo escuchar que en la tele hablaban del primer hombre que había trasladado su memoria a un complejo sistema de chips de carbono y acumuladores. ************************************** 4- Reflejos ************************************** Cuando se vio reflejada en el escaparate de la farmacia, apenas pudo reconocer a aquella reina del baile de fin de curso, apenas aquella chica enamorada, apenas aquella mirada inocente y siempre sonriente. Apenas pudo reconocer sus propios recuerdos, ahogados entre sueños muy lejanos. Siempre fue atractiva, no le fue difícil enamorar a aquel ídolo del cine de acción. Pero ella ya no era la misma, ni siquiera entonces. Desde que Dolan desapareciese el día antes de empezar la universidad, ella no volvió a recuperar aquella mirada. Lo que comenzó como una terapia, acabó por convertirse en una condena, y ahora era su único nexo de unión con la realidad, con la farmacia. Pensar que casándose con aquel actor iba a poder dejar atrás aquel infierno, fue un engaño, al igual que pensar que teniendo un hijo con él podría arreglarlo todo. Abandonarlos y comenzar de nuevo sola tampoco le sirvió para olvidar sus recuerdos. Y por supuesto, casarse con aquel médico para conseguir las recetas más fácilmente tampoco le sirvió para levantar sus ojos. Sabía que el círculo ya era una espiral. Atrás quedó la juventud. Atrás quedó el amor. ¿Dónde estás, Dolan? ************************************** 5- Frío ************************************** El sonido del trineo a través del lago helado, el continuo jadeo de sus perros, los pequeños trozos de hielo que se perdían tras su estela... ************************************** 6- Héroes ************************************** Al entrar por la ventana del piso de arriba de aquella casa unifamiliar sintió cómo la adrenalina le recorría todo el cuerpo. Llevaba tiempo soñando con algo parecido, aunque no supiese que sería de aquella manera. Durante años había estado viendo las películas de Tetsuo, desde aquel primer bodrio de serie B, en el que apenas tenía músculos y sus movimientos no eran armoniosos, hasta sus últimas películas, en las que el héroe Ninja ya era algo más que un actor de películas de acción, era un ídolo. Ser un chico delgado y con granos en la cara no le facilitaba mucho las cosas a la hora de relacionarse con el resto de la clase, pero ya hacía tiempo que no quería relacionarse con nadie, excepto con sus películas de Tetsuo y su ropa de guerrero Ninja. Cuando se vio en el espejo del salón de aquella casa ajena, pudo observarse a sí mismo desde fuera, con su traje negro y su reluciente espada Katana. Se detuvo un momento para mirarse y gustarse a sí mismo. El día en que, finalmente, sus padres accedieron a regalarle aquel traje Ninja por su cumpleaños fue, seguramente, el día en que todo comenzó a tomar forma. Quería ser Tetsuo, quería ser una película, quería dejar atrás su anónima y triste vida y, de la noche a la mañana, convertirse él mismo en un ídolo. Conseguir la espada fue lo más difícil, robar durante tres meses dinero a sus padres no era sencillo, no sin que se dieran cuenta, pero cuando finalmente reunió el dinero suficiente para comprarse su espada Katana, supo que todo el ciclo había terminado. Ya no era él, ahora era su personaje, siendo él un personaje para sí mismo, que necesitaba representar frente a sus padres. Recorrió cada rincón de aquella casa, que no era ya una vulgar vivienda unifamiliar, se trataba del palacio imperial. Sólo necesitaba moverse sigiliosamente, no llamar la atención de los guardianes reales. Debía sorprenderlos en silencio, así podría matarlos uno a uno y llegar al emperador sin muchas dificultades. ************************************** 7- Memoria ************************************** El frío de la sala era casi doloroso, el sistema de ventilación, necesario para mantener los equipos informáticos en su estado ideal de temperatura, hacía realmente extraño el ambiente. - Siéntese aquí, Sr. Bode, por favor.- dijo el Dr. Faolk de la manera más amable que un científico es capaz. - Gracias- respondió el Sr. Bode. No podía evitar cierto nerviosismo en el tono de su voz, a pesar de que sabía que no tenía de qué preocuparse, era una reacción incontrolable, similar a la que sentía cada vez que subía en un avión. Intentaba disimularlo con gestos de frío, se sentía como un niño que quiere parecer mayor. - A continuación vamos a proceder a inicializar todo el proceso, tal y como lo habíamos ensayado. No se preocupe si siente una ligera presión en la frente Sr. Bode, es normal- dijo el Dr. Faolk, esta vez en un tono mucho más serio, plenamente concentrado en sus labores. - De acuerdo, ¿puedo cerrar los ojos?- preguntó el Sr. Bode. - Por supuesto, relájese y procure dejar su mente completamente en blanco. Mientras el Dr. Faolk supervisaba el entramado de fibra óptica que conectaba su cabeza con la batería de chips de carbono y acumuladores, el Sr. Bode intentó dejar su mente en blanco, algo que no le resultaba fácil. Estaba a punto de dejar su vida tal y como la conocía, dentro de unas horas dejaría su cuerpo físico para pasar a otro que aún no era capaz de imaginar, ni asimilar. Nunca hubiese imaginado que pudieran darle tanto dinero por aquél terreno que heredó de su abuelo, al fin y al cabo, no eran más que miles de hectáreas de terreno perdidas en una zona semidesierta. No se podía edificar, ni siquiera había un acceso por tierra al mismo, la única manera de llegar a él era por aire, a no ser que se atravesase alguno de los extensos campos de trigo que bordeaban el terreno. Cuando el gobierno le ofreció una cantidad de dinero tan grande por aquel terreno de tan poco valor, no lo dudó ni un instante. -Preparado Sr. Bode? ************************************** 8- Rutinas ************************************** - Espere un momento, por favor.- - Gracias.- El vestíbulo del Hotel era lo suficientemente grande como para crear una sensación de inferioridad en los clientes ante el gran mostrador de recepción. - Lo siento, pero no me figura su nombre en el listado de reservas.- Como esa misma mañana, en que aquel cliente se empeñó en subir a su habitación sus perros de trineo, como en este momento, en el que preguntaban por una reserva inexistente, todo le parecía repetirse de manera incansable, cada día... - Pruebe con Sr. Smith.- ************************************** 9- Ecos ************************************** Decidió sentarse en aquel banco, tan sólo cinco minutos, sólo hasta que todo aquello dejase de dar vueltas. Cerrar los ojos un momento y esperar a que todo volviese a ser soportable. El calor era sofocante, y podía oler el alcohol que recorría su cuerpo, el sudor seco y rancio en sus brazos, en su espalda. Sólo necesitaba permanecer quieto, sin mover la cabeza, respirar muy hondo, intentar oxigenar su sangre. Cerró los ojos, había demasiados coches que pasaban, demasiada gente que miraba, demasiada luz, demasiados sonidos, demasiado. Podía sentir los neumáticos de los coches al pisar el asfalto, los perros ladrando, las hojas quietas. Sintió cómo su cuerpo desaparecía, tan sólo notaba su cuello rígido, intentando mantener su cabeza recta, le pesaba muchísimo. Sólo necesitaba unos minutos más, hasta que volviese a escuchar las cosas sin ecos, hasta que su estómago dejase de moverse. Era insoportable, sólo podía pensar que no volvería a beber nunca más... ¿Cuándo empezó todo? Desde que le despidieron de aquella gran fábrica de las afueras, no recuerda muy bien cuáles fueron los pasos, pero sabía que había acabado así, nunca supo hacia dónde tirar. Un peón especializado en el manejo de maquinaria pesada tan específica no tenía muchas posibilidades en otra función que no fuese exactamente la misma. Esta vez había llegado lejos, o quizás no más que otras veces, pero la acumulación de toxinas había hecho que llegase a semejante estado. Volvió a sentarse, realmente sentía que esta vez se encontraría mejor si descansaba un rato, si cerraba los ojos durante unos segundos, si se alejaba del mundo exterior, de ese calor sofocante. Su cuerpo era un estorbo, era sólo una enorme cabeza, a la cual habían soldado 70 kilos de cemento, o quizás era metal. Le costaba moverse, le costaba mantenerse quieto, le costaba respirar, le costaba estar vivo. Cuando abrió los ojos de nuevo, todo le parecía muy lejos, la gente que pasaba frente a él, los metales de los coches, esos mismos metales que en otro tiempo daban sentido a su vida. Tenía ganas de llorar, tenía ganas de acabar de una vez con todo. El calor se le metía por los oídos, por su boca, seca, ácida, áspera. Necesitaba un lugar donde dejar que el tiempo pasase sin acabar con él. Decidió entrar en el metro, allí por lo menos tendría la ayuda del aire acondicionado. Se trataba de la línea 10, una de las más modernas de toda la red, encontró un asiento en el último vagón, donde, además, podía apoyar la cabeza contra uno de los marcos plásticos que rodeaban las ventanas. Cerró los ojos y respiró profundamente con la esperanza de que esta vez, por fin, pudiese recuperar un poco del bienestar que ya casi había olvidado. Por lo menos, el tren no iba muy lleno y no tendría que luchar contra las miles de conversaciones rebotando en su cerebro. Cuando el vagón dio aquel brusco latigazo, sintió que lo peor estaba aún por llegar... ************************************** 10- Gotas ************************************** Una tormenta. El olor a asfalto caliente mojado le trajo mil recuerdos de infancia. Parecía que había hecho demasiado calor durante el día y ni se había enterado. Normal, después de pasarse el día en la consulta médica con un sistema de climatización que le aislaba por completo del mundo exterior, hasta la hora de salir de nuevo a la calle, al clima real. Fue corriendo al aparcamiento, cubriéndose la cabeza con el maletín, lo que no evitó que entrase en el coche completamente empapado. Antes de arrancar el coche, permaneció con las manos en el volante durante unos minutos, sintiendo cómo las gotas de lluvia caían sobre los cristales. La visión distorsionada del exterior a través de los cristales mojados le permitía escapar de su rutinaria realidad. Camino de su casa, una pequeña vivienda unifamiliar en una zona residencial de las afueras de la ciudad, siguió disfrutando del sonido de la lluvia en los cristales, del olor de su ropa mojada, del frío del metal del coche en sus piernas, dejando que la lluvia entrase por sus oídos, por sus ojos, al fondo de sus recuerdos, hipnotizado por el movimiento del limpiaparabrisas y su continuo lamento contra el cristal. Quizás fue un error haber pasado tantos años estudiando medicina, olvidándose de todo lo demás, aislándose de tal manera que ahora no tuviese más vida social que las visitas de sus pacientes en la consulta. Había creado unos hábitos de vida que le habían convertido en una persona rutinaria y aburrida, sin ambiciones, sin ilusiones, sin aficiones. Ni tan siquiera podía refugiarse en su casa, donde el infierno que vivía su mujer le hacía desear la vuelta a la consulta, donde los problemas eran ajenos. Ayudarla a mantenerse en aquel infierno tampoco le hacía sentirse mejor. Cuando aquella paciente depresiva se presentó por primera vez en su consulta ni siquiera pensó en las consecuencias de haberse enamorado de ella, sólo recordaba, cada noche, aquellos ojos lejanos. Cuando llegó a casa, no aparcó el coche dentro del garaje, le apetecía volver a sentir la lluvia sobre su cara, mojar su ropa, respirar esa humedad eléctrica que todo lo cubría. Al abrir la puerta, tuvo una extraña sensación, casi perdida. Sintió que era su hogar, donde resguardarse de la lluvia, donde las cosas podían permanecer siempre secas. Incluso le pareció ver un destello en la planta de arriba, como un reflejo, como un rayo de sol, como... ************************************** 11- Mentira ************************************** Sintió el calor de su cuerpo extendiéndose por su propio cuerpo, sintió el abrazo del metal en su vientre, sintió la fuerza de sus manos, que se perdía, sintió a su hijo, al que cedió una vida solitaria. La sintió a ella también, con sus ojos caídos, con sus lágrimas en el baño, sintió que por una vez no había focos, era el sol, el sol rojizo, como el color de su sangre, en sus manos, sobre la montaña, blanca, pura, aplastante, frente al frío del lago helado, frente al silencio de sus jadeos. Supo que su espada le había atravesado el vientre. ************************************** 12- Sr. Smith ************************************** ¿Y bien, Sr. Kogan, ha tomado ya una decisión? Antes de responder, Dolan tragó saliva, sintiendo cómo toda su vida pasaba a través de su garganta...