ÿþ Una noche lluviosa. El reflejo borroso de las luces en las baldosas mojadas iluminaba artificialmente la ciudad, creando una atmósfera cinematográfica que transformaba las calles en decorados. Y como cada noche lluviosa, como cada vez que el húmedo reflejo de los neones acolchaba la realidad, el bronco aullido de una motocicleta recorría las calles de la ciudad, anunciando la llegada del misterioso piloto oscuro. Vestido con un mono de cuero impoluto, negro, como el casco y la moto, sin luces, parecía una sombra escapando de su destino impuesto, muriendo en la noche lluviosa. Y en una esquina cualquiera, soñaba Yoel, hipnotizado por los misteriosos reflejos de su casco, del mono de cuero, mojado por la lluvia, por el inquietante sonido del motor, por la irreal velocidad a la que circulaba por las calles que habitualmente él recorría mucho más despacio. ¿Quién sería el misterioso piloto oscuro? Ojalá pudiese ser como él... siempre viniendo de algún lugar misterioso, siempre camino a hacer algo apasionante, siempre en movimiento, siempre interesante... Tras la estela de agua y sonido dejada por el misterioso piloto oscuro, Yoel reemprendió su camino, aún inmerso en sueños en los que él mismo recorría a gran velocidad las calles de su ciudad a lomos de una potente motocicleta con la que dirigirse a algún lugar en el que las más inverosímiles situaciones le esperaban. Pero la lluvia comenzaba a traspasar el cuero de sus zapatos y tuvo que volver a la cruda realidad. Había sido un día como otro cualquiera, sin mayores alicientes que la sorpresa de los platos del menú del día, las noticias del periódico y algún que otro enamoramiento pasajero en el trayecto a su trabajo. Podrían decirle que hoy era hace 10 años y no le sorprendería. Ayer y hoy en el mismo momento. Ya casi era medianoche y debía apresurarse si quería encontrar algún comercio abierto en el que poder comprar algo para cenar, su vida comenzaba a ser un rutinario desastre en continuo desorden, hacía meses que no se hacía una sola comida, hacía meses que no limpiaba su casa, hacía meses que la vida pasaba por él sin que le diese tiempo a vivirla. Un Kebab de pollo, una cerveza, dos cervezas, tres cervezas. Cuatro cervezas. Al llegar a casa, estaba completamente empapado. El frío de su casa le pegó la ropa a su piel. Necesitaba desprenderse de todas esas capas. Cuando abrió el armario para colgar su abrigo, supo que nada volvería a tener sentido, que todo había acabado, que nunca más existirían los sueños. Al abrir el armario, el misterioso reflejo de una gota de agua sobre cuero negro le atravesó la memoria como un destello de hielo. Lluvia en los ojos. Luces borrosas.